La nueva enfermedad del siglo XXI

Se apaga de la luz para las 8 horas de sueño, para las  8 horas de carga, 8 horas de ausencia, 8 de descanso. Es lunes y, como cualquier otro lunes, la habitación se ilumina con la intensa luz de la alarma de las 7:30 a.m. pero no es hasta las 7:45 cuando se pone del todo en marcha. Se desactiva el despertador y lo primero que hace es actualizar noticias, fotos, música y todas las variantes que entran en la rutina de un Smartphone última generación. Un Smartphone que, como otros muchos, empiezan su día con la primera alarma y termina con la confirmación de la misma para el día siguiente. Solo en este momento es cuando procederá a sus 8 horas de reposo; a veces incluso menos.

“La dependencia del Smartphone puede compararse con el trastorno relacionado con el juego. Es un problema frecuente que puede producir angustia en la vida de una persona”, Yolanda Pastor Tellechea explica que con el desarrollo de las tecnologías han nacido nuevas fobias, relacionadas directamente con la innovación de este tipo de dispositivos electrónicos. De entre ellas, surge lo que se conoce como nomofobia: “el miedo a estar sin móvil” y que muchos sufren sin darse cuenta.

Expertos afirman que esa sensación de ansiedad se genera cuando no se dispone del móvil, ya sea por la falta de batería, porque se olvida en casa, o simplemente porque se estropea. El temor obsesivo y los síntomas son más propensos entre los adolescentes, teniendo en cuenta la sociedad hiperconectada en la que vivimos. Una sociedad en la que le damos más importancia a las notificaciones, los mensajes y, sobre todo, a las redes sociales. En 2015 hasta el 98% de los adolescentes de entre 10 a 14 años ya poseían un móvil con internet. ¿El problema? La creación de personas inseguras, con dificultades a la hora de comunicarse de manera directa, y con baja autoestima.

Una adicción que pasa desapercibida, porque muchos ven normal estar con un móvil mientras mantienes una conversación. Normal porque hemos dejado de observar lo que tenemos delante para caminar con la cabeza agachada. Porque se prefiere buscar pareja por internet y acabar con la misma vía Messenger. Porque hemos adoptado que lo lógico es capturar el momento antes que disfrutarlo. Porque preferimos perder cualquier objeto antes que el móvil. Porque ya no nos miramos a los ojos, ya no investigamos, ya no disfrutamos, ya no levantamos la mano en los conciertos. Porque ya no desconectamos.

Pero como dice Jonathan García-Allen, “El problema principal no son las nuevas tecnologías, sino el uso patológico de las mismas, que puede materializarse tanto en adicción como en usos que pueden generar problemas psicológicos”. Por lo tanto, la clave no está en prohibir su consumo, ni en apartarlas radicalmente, sino en hacer un uso correcto de estas.  Ser conscientes de los aspectos positivos que nos aporta, sin dejar que nos consuma.

 

 

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